Summer in my Garden

                                                                   Galería RITA CASTELLOTE

Expsosición personal "Summer in my Garden", del artista Ernesto Villanueva

Galería Rita Castellote - San Lucas, 9 Madrid 28004. España

del 3 al 30 de Marzo 2011

Inauguración: 3 de Marzoz, 20 hrs.

UNA MORADA ESTIVAL

La más reciente metamorfosis regenerativa (llamémosla así) de Ernesto Villanueva, emplazada y formulada en "Summer In My Garden", acaso proviene, por ósmosis y decantación consciente, del alegato conceptual —tan vigoroso como perspicaz— que el pintor había desplegado por medio de series inscritas en dos entornos: los de la espacialidad autosuficiente del color y los esencialmente citadinos. Desde luego, al tratarse de Villanueva siempre nos hallamos ante un pintor proteico y vigilante, y aun así esa condición suya no deja de pasar ni por la curiosidad, ni por lo instintivo, ni por el asombro ante el descubrimiento de un ámbito que sigue declarando sus referentes, pero que se ha vuelto ahora más esencial, más interior.

Como centro y metáfora de un cosmos que no se ve, el Jardín podría simbolizar y describir una estancia posible en el contexto de un equilibrio momentáneo. Sin embargo, si tuviéramos que aludir, en "Summer In My Garden", a algún equilibrio, jamás subrayaríamos la noción de reposo, puesto que sería como ese equilibrio que, propenso a lo inarmónico, brota de lo dionisíaco cuando, a propósito de la representación, el sacudimiento y la embriaguez de las búsquedas llegan a una suerte de remanso.

¿Es posible otorgar, en nuestros días, algún crédito al enunciado que niega la ausencia de preguntas en torno a qué pintar, toda vez que las verdaderas interrogaciones se desplazan, al parecer, hacia cómo pintar? Tal vez la abstracción sea hoy, en sus variantes líricas, una vía para llegar a esas imágenes complejas, preñadas de sentido, que acaso podrían representar no lo que existe y se ve, sino más bien lo que pervive en la existencia profunda del sujeto. Y ahí está el epos de Villanueva, un artista que, aun cuando no busca implantar su Shangri-La, o su Isola Nuova —¿Nueva Atlántida?— sin coordenadas geográficas, sí entreteje un hideaway y esboza un retiro, pero sin retraimientos ni reclusiones.

¿Es probable que Villanueva se integre en ese grupo de artistas de la transvanguardia que, centrados cada vez con mayor vehemencia en la problemática de los límites del arte y en refrendar y revalidar lo bello, no ignoran que la observación (y la auto-observación) de la obra y el discurso implicado en esa observación modifican la gnosis puesta en marcha a través de su mera existencia, a la vez que establecen precisiones de toda índole acerca de su alusividad (y la eficacia de esa alusividad) con respecto al mundo? Sí, es probable. Hay un lenguaje "neopost" implicado en "Summer In My Garden", un lenguaje que religa la necesidad de referenciación de la vanguardia histórica con la idea del arte como icono de sí mismo. Y si la realidad es la más ilusoria de las construcciones, y si semejante certeza produce hoy, más que nunca, un mayor "rendimiento artístico", tendremos que ceder ante la evidencia de que la visibilidad de la emoción pasa, inevitablemente, por las palabras, proceso en el que entonces se engendra una analogía bastante anómala: entre lo que vemos y ese conjunto de marcas que hacen que lo que vemos sea más o menos real.

No hay ni que decir que el Jardín de Villanueva pertenece a una casta mítica, legendaria, arcaica, que no es la de los jardines domésticos en la era de las banalizaciones. Con independencia de que no aspira al empaque de un Garden of Eden, o Jardín del Edén, el de Villanueva es un Garden dentro de una tradición centralista (incluso en términos arquitectónicos) que hace del Jardín algo distinto por completo de posibles referentes como el vivero forestal, el patio, o el huerto. Así, pues, el back yard, el garden center y el botanical garden son obvios sucedáneos. La centralidad indica algo: ese Garden es un Jardín de mucha principalía reflexiva: no se encuentra al frente de la vivienda ni en su parte posterior. Se reserva al centro. Y, claro, el centro ocupado por "Summer In My Garden" no es un centro físico. Está en cualquier parte de una geografía metafísica.

Esta serie exhibe una circunstancia, una peripecia y una aventura creativa. La circunstancia, el espacio-tiempo allí propuesto, se refiere a estados anímicos que fluyen dentro del recogimiento del sujeto, y así llegamos a comprender cómo determinados trasfondos y atmósferas son, en términos visuales, lo que importa más porque se derivan de ese recogimiento y se modifican a partir de él. La peripecia subraya un itinerario de sucesivos descubrimientos dentro del simbolismo del Jardín. La aventura es el conjunto de lances que expresan el carácter volumétrico del Jardín, independientemente de su formulación utópica.

¿Cuán inmaterial es el añadido de una semiosis post-utópica en ciertas obras de arte de hoy? En sí misma esa semiosis es inmaterial, ciertamente, pero interviene en la agregación de realidad a lo real. Por otro lado, no deja de ser cierto que, si la condición posmoderna detenta aún alguna verosimilitud, una de las razones se halla en que resulta fuertemente distópica, y, si lo es de un modo hegemónico, cualquier intento de reformulación de la utopía sería siempre periférico y se hallaría, por lo general, muy diversificado al ocupar pequeños segmentos de la visualidad contemporánea. De ahí que "Summer In My Garden" se constituya en un acontecimiento de mucho linaje en términos filosóficos.

Villanueva "tropieza", al ponerla al descubierto, con un tipo de figuración que nace en lo no figurativo. Todo indica que ha viajado de las macro-dimensiones referenciables, distinguibles, a la amplificación de las micro-dimensiones. Digámoslo de un modo llano: las formas más "axiomáticas" de esta serie son las de las flores. ¿Manchas empastadas que repiten un trazo, triángulos blandos, rosas cerradas, tulipanes? Imposible saber. Y, sin embargo, allí crecen flores. Ahora bien: lo que sí es conjeturable es la naturaleza arquetípica de ess flores de Villanueva. Pero tal vez no se trate de flores, sino de bulbos, y aquí las cosas se complican: serían flores incoativas, a punto de ser. Flores embrionarias e ideales —como embrionaria e ideal es cualquier utopía— donde la forma no es todavía una definición. Intentos de flores, probablemente. En ellas hay una gestualidad afirmativa, pujante, muy estival, que pertenece al grupo de gestualidades promovidas, por ejemplo, dentro del plasma "organizado" de Bernard Frize, o en los espacios selváticos de Jean-Paul Riopell, o en el realismo "no veraz" de Mona Hatoum y sus paisajes intracorpóreos, o quizás en los climas imaginarios de Olafur Eliasson.

Villanueva ha vuelto a colocarse, esta vez, en una variante del abstraccionismo lírico que descree de lo distópico. Ello significa que "Summer In My Garden" es una apuesta por medio de la cual el pintor dice que SÍ a la utopía del espacio interior, no sólo previsible sino también hacedera. De cierto modo, el utopismo del Jardín podría representar un ademán con el que el pintor opone un orden moral al desorden, o una reflexión a lo irreflexivo. "Summer In My Garden" lisonjea, por así decirlo, cierta exaltación romántica, aunque allí el aura de Walter Benjamin se corresponda menos con el sello de la subjetividad del yo del pintor que con la subjetividad general presente en el simbolismo del Jardín.

La confusión de algunas post-utopías con lo distópico y viceversa representa una querella que se resuelve en el sujeto. Sin duda Villanueva se acerca más a una sensibilidad mística que a un tipo de acción directamente constructiva, o que aluda a un proceso de construcción donde, a su vez, quede señalada una poética. Desde luego, "Summer In My Garden" sí revela una poética, y de hecho pone de manifiesto una densa semiosis en el proceso de articulaciones entre las formas presuntivas, los simbolismos del color y la "permisividad" de la luz. Sin embargo, esa revelación se encuentra allí para que sepamos cuán importante es lo que está detrás: un intento de recuperación de lo sagrado.

El gesto post-utópico visible en "Summer In My Garden" hace que Villanueva ingrese en una genealogía cuyas prácticas, dentro del abstraccionismo, han conseguido salvarse de la insipidez y lo trivial. Me refiero a una estirpe conformada hoy, digamos, por la irrealidad colorista de Nicola De Maria, cuando el espacio pictórico queda suplantado por la noción de campo. Así, pues, los bulbos de Villanueva y el orbe asimétrico donde ellos tienden a crecer mueven a pensar en una suerte de environmental art en cierne, que, en términos de factura, dialoga, al mismo tiempo, con los calculados trazos de Gerhard Richter, con los acrílicos de Kenneth Noland —capaces de "reproducir" ciertas apariencias y superficies del mundo físico—, y con los ámbitos interiores —"recogidos" en lo que toca a la "pasión del acto de pensar"— de Helen Frankenthaler. Las manchas expresionistas y casi fantasmagóricas de Frankenthaler aluden a un mundo introvertido, semidesértico, budista, donde se prescinde de casi todo, mientras que los bulbos-flores de Villanueva crecen, jubilosos, en un territorio mental, vecino del que observamos en ciertos cuadros de Anselm Kiefer, utopista y metafísico cuando se acerca al monocromo e inserta figuras y signos próximos a lo cabalístico.

Antiguas tradiciones musulmanas hablan de jardines cerrados, en el centro de las viviendas, y que, al merecer la protección de las familias, se convertían poco a poco en sitios de meditación y en espacios para restaurar y sondear el equilibrio del espíritu. Según esas tradiciones, las dádivas que se originan en el intelecto y el alma son imágenes de una clara percepción interior que, renovada, se avecinaría a nosotros a través de los siglos.

Al Jardín se llega —lo cual es lo mismo que decir: el Jardín es representable— sólo si esa claridad es capaz de mostrar sus formas y modos de manifestación. Y como el Jardín, tenga la forma que tenga, constituye una imagen mística del refugio, y despliega, en rigor, una poética simbolista, es posible inferir, en lo que concierne a la pintura de los últimos veinte años, que, de acuerdo con el logos de sus representaciones posibles, en ese concepto se produce un tupido proceso de generación de sentidos, capaz de involucrar tres ideas, primordiales en "Summer In My Garden": la sobrevivencia del yo como sede y fortaleza, la necesidad del apartamiento meditativo, y el sereno entusiasmo de lo vital. De alguna forma, todo esto nos lleva al concepto de lo sagrado.

En un mundo violento, corporativo, casi post-nacional, hiper-vigilado y tecnocrático, el Jardín representa un espacio en reserva, una morada exclusiva. En él también hay una puerta (estrecha y difícil de hallar) para acceder a una dimensión menos imperfecta (y más segura) del mundo. Porque pintar las infinitas parcelas de un mismo Jardín, es, para Ernesto Villanueva, como arribar a la humildad de una sabiduría íntima, a través de un pensamiento artístico que, por fortuna, no termina aún de trascender la frontera de lo instintivo, el sueño y el estado de entusiasmo.

Alberto Garrandés

La Habana, 18 de enero de 2011