Crítica de arte - Juan Carlos Sánchez Lezcano


"La azarosa circunstancia de la belleza"

Manuel Hurtado

"Por gusto y sin rencor", Juan Carlos Sánchez Lezcano

Tengo la sospecha de haber visto estas escenas. Tengo la sospecha de que Juan ha robado a sus obsesiones un imaginario porque sospecho ver estas escenas en su voz y en su mirada de espejuelo ansioso. Ahora, pensando en McEvilley, me planteo a la distancia como un portador de contenido. Porque ahí comienza la iconografía de obsesiones que valdría mapear en sus obras. Y hablo aquí de la distancia como fronteras humanas, no las del destierro. Para él estas son punto de partida para fabular porque toda obra es una autobiografía y Juan existe bajo el signo del emigrante. Inhabitado por todos lados es un Ulises moderno porque su movilidad lo corroe.

La distancia entre la Habana y él es la misma que recorren los referentes de estas piezas. En ellas viajamos desde el período azul de Picasso hasta el expresionismo tropical de Antonia Eiriz, emparentando sus obras con la nueva figuración de los 70 y figuras como Kooning o Bacon. Llama la atención la violencia de las composiciones, casi siempre segmentadas en dos ejes discursivos: los personajes, siempre en espera, y las circunstancias dadas que construye el artista. Pareciera que Juan arranca de su memoria estas obras bajo el signo del sarcasmo, siempre presente en los textos que como grafitis intervienen las piezas.

Existe una violencia de soledades en estas telas que parecen hacer una metabolización de elementos del expresionismo, pero las iconografías, todas con un vínculo profundo a la realidad biográfica del artista, dan una pluralidad de discursos que hacen de esta exposición un gusto sin rencores, pues se presenta como una obra sólida.

Juan nos propone una colección de instantes, o instantáneas oníricas, que aprovechan la frontalidad para generar un paisaje signado de belleza. Estas composiciones líricas, de un corte ingenuo, se perfilan como esencias identitarias, como una mirada al interior del artista y a la azarosa circunstancia de la creación.

La técnica de sus lienzos es tan diversa como los materiales que le ocupan. Sus cuadros, sin embargo, llevan siempre la mancha como protagonista, la pincelada como mantra, el color como un arma cargada. Las multitudes, los seres alienados, el objeto alegórico, son vehículo para que el discurso fluya y se presente ante nosotros.

Juan ha establecido un diálogo sórdido entre su obra y su desarraigo, se ha puesto el traje de astronauta para generar telas que perduren. Telas que me causan la sospecha de haber visto antes, de haberlas visto en su mirada de espejuelo ansioso.


"Pinturas sobre la mesa"

Iván de la Nuez

El arte ha encontrado en las paredes su destino más frecuente, aunque ha tenido en la mesa uno de sus orígenes más firmes. Así lo vio Guy Davenport en Objects on a table, un libro en el que recorre, desde el neolítico hasta la fotografía, ese "desorden armonioso" que tiene lugar cuando se encuentran el arte, la literatura, los utensilios de comida. La de Davenport es una historia muy precisa del lugar silencioso de los objetos en la construcción de la cultura.

Algo de ese trayecto está presente en esta exposición de Juan Carlos Sánchez Lezcano. Aunque su proyecto no consista en colocar los objetos en una mesa, sino en pintarlos, directamente, sobre la misma. Y, más que sobre la mesa como objeto de culto o metáfora, sobre el hule mismo que suele cubrirla. Sobre ese mantel en el que ya viene incorporada la pintura y unas naturalezas muertas que van detallando, de manera imaginaria, nuestra experiencia cotidiana.

Sánchez Lezcano se emplea a fondo tanto en recuperar esos "lienzos" ya expuestos sobre cualquier mesa, como en borrarlos. En volver a pintarlos tanto como en dotarlos de una nueva condición que, sin embargo, mantenga su soporte original.

Ahí tenemos al hombre desnudo que arrastra incorporada su maleta. O niños exhibidos en una pecera como se expondrían en un museo. O la evocación al teatro o a Degas. O la amenaza sobre aquello que es impecablemente blanco y está próximo a mancharse. Todo un mundo, en fin, de altares móviles, ritos de paso a través de los cuales el artista se sienta a la mesa para invocar fantasmas. Y, de paso, para conjurar ese contratiempo entre lo que queda expuesto en la abundancia de lo pintado y aquello que consigue alimentarnos realmente.

En Las comidas profundas, el escritor cubano Antonio José Ponte desgrana la distancia entre esos manjares que aparecen en su mantel y el precario alimento que coloca sobre este. Donde hubo vino y peras, ahora un trozo de pan. Donde cerdos y faisanes, un poco de sopa. Donde vino, agua...

Las piezas sobre hule de Juan Carlos Sánchez Lezcano intentan recortar esa distancia. De ahí la modificación de los dibujos sobre el hule o la reinvención de lo que cuentan sus historias.

De ahí, también, el conjuro primario del arte para romper los límites entre los deseos y los hechos. De salvar la distancia entre el tiempo y la vida que lo agota.


"Mi obra es como una conversación a largo plazo"



Raúl Gorroño Baonza


El artista cubano Juan Carlos Sánchez (La Habana, 1963) pinta como habla, con total sinceridad y sin limitaciones académicas, aunque puede hacerlo con ellas si lo desea. Este flamante pintor practica un arte que brilla con luz propia en los principales premios que se convocan en Tenerife, como el Manolo Millares de CajaCanarias (2019), el Enrique Lite de la Universidad de La Laguna o el de Las Artes y Las Letras de Arona (2017). Los ha ganado todos.

Una amplia selección de su trabajo, cuarenta piezas realizadas con técnica mixta sobre hule, se muestran actualmente en la sala de la Fundación CajaCanarias en La Laguna hasta el próximo 4 de marzo. Esta colección, titulada Por gusto y sin rencor, refleja la originalidad y la calidad de su propuesta plástica. "Es una exposición que llega en un momento de mi vida en la que tengo un producción muy grande".

Frescura es un palabra que está íntimamente ligada a esta muestra que surge de un impulso creativo lleno de sinceridad con el ánimo de expresar esa realidad que condiciona y conforma su bagaje existencial y le gusta compartir con sus semejantes.

"Mi obra es como yo hablo, como expongo, como pinto. Es como una conversación a largo plazo. Traigo a los cuadros elementos que voy arrastrando año tras año y vuelvo a contarlo de nuevo de otra manera apoyándolo siempre con textos muy explícitos que reafirman la idea del cuadro que estás viendo. Es un recurso plástico más para enriquecer el resultado. Más que estados de ánimo, lo que propongo es una contemplación de lo que me rodea, de lo que traje de Cuba, de lo que encuentro y de lo que pasará".

Su estilo pertenece al universo de la figuración y la técnica es acrílico y carboncillo sobre un soporte bastante peculiar, el hule de toda la vida usado como mantel en muchas cocinas, sobre el que funciona bien la aplicación de este tipo de pintura plástica. También suele echar mano, a veces, de una pátina de café.

"Utilizo cualquier hule que tenga textura y si tiene brillo, cuadritos o efecto metálico mejor porque aprovecho esa textura preservando esa parte en la pieza, en otra dejando en evidencia el material para que se vea tal cual. La textura va bien para conformarlo como si fuera ropa, o de fondo", señaló este autor que se formó en la Academia de San Alejandro y el taller de libre creación Heriberto Manero de su ciudad natal.

A pesar de que en otras ocasiones dio rienda suelta a sus inquietudes sobre otros materiales como el óleo, estos últimos años se ha decantado por el económico hule, tal como viene de fábrica, pero que tenga cierta densidad como un recurso más.

"Soy de esos artistas que pintan con lo que tienen; si tengo dos colores, pinto con eso. No ando en un mercado de productos sofisticados. Pinto con lo que tengo a mano. Mi paleta es sin mucho pensamiento porque a veces la economía no da para estar siendo exquisito. Pinto con el color que tenga y le saco partido. Eso no es un problema. Juego con el color como una herramienta que en esta exposición está conformado por verdes, azules y un rojo predominante".

La obra de Sánchez, que desarrolla su cuarta individual en la isla a la que llegó en 2006, es muy técnica, tiene mucho taller detrás y textura. "Me siento con mucho conocimiento para trabajar con mucha textura. La mancha no es una mancha simplemente sino que tiene mucho taller, mucha elaboración, porque aunque no lo parezca hay mucho detalle".

Mujeres, hombres, niños, niñas, sillas, mesas, maletas, tazas de water, triciclos, una pecera con pececillos, la cabeza de un toro, paquetes de regalo con sus lazos o muñecas, entre otros elementos, son los habitantes de los cuadros que reúne en La Laguna dentro del proyecto expositivo unido a la obra Lactosa la triste historia con la que ganó el premio Manolo Millares. La figura humana es uno de los elementos persistentes en casi todas sus hules, porque le ayuda a conformar su estructura, a darle carácter a la composición.

Todas las piezas tienen su título, tan sugerentes como Sorpresa de un niño o Ejecución, entre otros. "Mis obras hablan de cosas muy generales. No atiendo a temas muy profundos, ni muy filosóficos, sino a cuestiones relacionados con mi entorno", matizó.

El tiene muy claro que su intención es construir pinturas y si prevalece el mensaje o la forma esa interpretación dependerá del receptor. "Lo que hago es tomar formas, colores y llevarlos al cuadro, casi siempre son personas y el color es el que me viene bien para componer. Hay zonas del cuadro donde la figura humana está muy definida y en otras está muy abocetada. Es como un gesto, una mancha, una pincelada que para mi tiene el mismo valor que un retrato acabado".

Juan Carlos Sánchez reconoce que la extensa historia del arte y los estilos y tendencias que han navegado en los diferentes periodos han influido en su concepción de la pintura, aunque confesó la profunda admiración que siente por Francis Bacon y la deformación y ambigüedad de los personajes que pintó, o la del cubano Carlos Quintana, otro de sus referentes.

Libertad de expresión a la hora de pintar es lo que defiende este artista en su trabajo, cuyo género no es paisaje, ni marinas, ni bodegones, motivo por el que hace la pintura que desea, no la que marcan las tendencias o el mercado.

"El cuadro es un espacio donde cuento historias a la manera que creo debo contarlas, sin tener en cuenta parámetros académicos, aunque tengo una formación académica. Puedo hacer un retrato clásico o un abstracto y todo lo manejo a mi antojo, con libertad.

"Es una combinación entre el dibujo que logra un realismo muy bien construido y una libertad plástica que puede llegar hasta el abstraccionismo en un fragmento de la obra", especificó.

Este obrero de la pintura también incluye una instalación en la exposición que se desarrolla en La Laguna, proyecto que tenía en mente desde hacía años. Se trata de una bandera de Cuba que preside la muestra. Esta enseña, con tres franjas azules, dos blancas y un triángulo rojo con una estrella blanca en el centro ha sido realizada con alrededor de quinientos barcos de papel de colores blanco, azul y rojo fabricados por el autor junto a su hija.

"Los cubanos somos muy dados a las cositas de la patria. La estrella blanca de la bandera tiene en medio una embarcación de las que fabrica la gente en Cuba para ir a Miami, neumáticos con dos remos, y en miniatura está ese neumático con dos remos. Es un homenaje a quienes salieron de esa manera de Cuba".