Crítica de Arte - Alicia de la Campa


"Viaje a la semilla"

"He ido descortezando tanto mi poesía que llegué a la semilla sin probarle la pulpa" Tal vez decidiera por afinidad o analogía creativa, en su proyecto de homenaje a la trascendente poetisa cubana en el año de su centenario. "Alicia es delicadamente agresiva, solo representa el hecho consumado después de la acción violenta o simplemente lo sugiere a modo de proyecto", escribí hace justamente un año en las palabras a su exposición Abortando utopías. Y así como la Loynaz fue capaz de  develar los impulsos más vigorosos a través de las más refinadas metáforas, Alicia transmite un mesurado vigor que no se desborda nunca en la más elemental rudeza.
El equilibrio entre agresividad y delicadeza es, en definitiva, denominador común a la creación de artistas mujeres en su acepción más genérica y amplia al mismo tiempo.  Paralelamente, el hecho de una muestra vinculada a la expresión literaria de una escritora, no sirve a la artista sino para ampliar sus propias preguntas, su peculiar quehacer, es decir, Alicia de la Campa, no deja de hacer cuestionamientos múltiples, ya sea relacionados con lo existencial, con el discurso de reivindicación femenina (aunque no feminista). Todo ello, en fin, le sirve para establecer posibles analogías y  desatar sus creaciones a partir de la obra de la Loynaz y de la suya propia, sin perder una organicidad con su propio quehacer. Al papel kraft retornan, una vez más, símbolos que conforman su poética: las escaleras, los torsos reabiertos y florecientes, las cabezas quietas y silentes. El ser tragado por el pez que a su vez está siendo halado por el hilo del pescador semeja la figura poética que empleó Virginia Woolf para describir a la imaginación de la mujer escritora (léase también productora de creación), quien deberá siempre desafiar algún superviviente prejuicio de género. Y  no es, por cierto, una coincidencia fortuita o forzada. En los inicios de su proyecto de exposición, cuando ciertamente aún no la había definido, sugerí a Alicia, entre otras, esa cita que ilustraba la despiadada lucha que debe enfrentar la convención y el talento en las creadoras, que la Woolf describe como una mujer con su caña de pescar sostenida sobre el agua: "Por Dios, exclama ella (la imaginación de la novelista), ¿cómo te atreves a sacarme con tu pequeña y miserable caña? Y yo "es decir, la razón", debo responder: 'Mi querida, estabas yendo muy lejos. Los varones podrían shockearse'. 'Cálmate', dije, mientras ella se sentaba (...) jadeando con rabia y desilusión. 'Solo tenemos que esperar unos cincuenta años" (...)
"Extraña conjugación y coincidencia de delicadeza y violencia se juntan, mezclan y combinan en estos perfectos poemas en prosa" definía respecto a la poesía de la Loynaz, César López (Prólogo a Poemas sin nombre). Ahora, en referencia a Juegos de Agua. Versos del agua y del amor, Alicia vuelve sobre sí misma y se define una vez más en ese viaje que es a la creación misma, un viaje a la semilla, tan violentamente dulce por sí mismo, que le es innecesario regodearse, un recorrido para el que también ella "ha ido descortezando su propia poesía".
Karina Pino-Santos. Texto del catálogo para la exposición "Hojas Sueltas. Un homenaje", 2002

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«Árbol de la esperanza..."

Es posible que las «Criaturas de isla» posean una energía más contenida que la mayoría de su producción como artista. Estas obras, más metafóricas o líricas, tampoco han perdido su condición de arma y a la vez escudo.
¿De dónde proviene la intensidad de las criaturas de isla? Una energía femenina parece rodear como un aura, a estas mujeres; tan diferentes entre sí y a la vez con tantas razones comunes para convivir y compartir un mismo espacio. La isla es el espacio real que las contiene e incluso las retiene. Como muchos otros símbolos de la pintura de Alicia de la Campa, este tiene un aspecto dual: por una parte alude a la soledad, al retraimiento y la separación en un territorio aislado y retirado en medio del océano y por otra representa también la aventura de la conquista y la seguridad de la
tierra firme frente al embate de las olas.Sus mujeres conviven en una isla y son islas en sí mismas, ofreciendo esa ambivalencia de protección y destrucción que es el centro mismo de su discurso pictórico. Como muchas otras artistas, Alicia pinta lo que mejor conoce: a ella misma, y a partir de su cuerpo y su carne, de los sucesos que rodean su existencia, enjuicia todos los avatares de la vida.Es evidente la autorreferencia y más aún la insistente laceración de sí misma; como si a través de sus «llagas» fuera posible exorcizar todos los males que la rodean. Desde hace más
de una década, la figura femenina fue convirtiéndose en el centro de su discurso, y sirvió para explicar las razones de este, pero sin desplazar una serie de personajes y símbolos que la han acompañado durante tanto tiempo.
Es posible que las «Criaturas de isla» posean una energía más contenida que la mayoría de su producción como artista y que la fuerza expresionista y grotesca se haya contenido con el tiempo; pero tampoco estas obras, más metafóricas o líricas han perdido su condición de arma y a la vez escudo. La belleza de las mujeres -conformada a partir de influencias que la artista no niega sino que re-orienta según sus intereses- es el medio, la carnada o para decirlo poéticamente, el canto de sirena que atrae la mirada sobre los lienzos, cargados de historias y valoraciones sobre la condición humana.Casi de contrabando va introduciendo pormenores de la vida que van más allá de la contemplación del cuerpo femenino desnudo, de las flores que generalmente se relacionan con la condición de mujer, de la sensualidad o la
provocación de los rostros que miran directamente como una invitación o una propuesta. La vida, la muerte, las pérdidas definitivas o parciales, el abandono, la soledad, el paso del tiempo que incluye el envejecimiento del que no podemos escapar, la naturaleza inasible del éxito o el reconocimiento social, la inseguridad y lo efímero de la paz interna están contenidos en estas figuras, a veces explícitamente femeninas, otras ambiguas o andróginas.El agua está presente, directa o insinuada, en cada momento: en la caída de los pliegues de los velos, en la sinuosidad de los
cuerpos, en los peces -figuras escurridizas, rápidas e inatrapables, posiblemente los guardianes del alma de la artista- o en ella misma, rodeando la isla y a sus criaturas.
El agua, germen y riesgo, infinitud y límite, construcción y destrucción, orden y desorden, pero en fin, materia purificadora y fecunda.La tríada mujer-agua-isla transita por todas las obras; cabalga sobre caballos de juguete, se traslada sobre peces más o menos humanos que se indefinen como especie de barca que las trasladará
definitivamente, para convertir a la isla en objeto móvil, trasladable y por ello libre; se sienta a la mesa con todos los personajes de sus sueños, sube a la escalera en busca de protección e intenta con ello cambiar de nivel, acercarse a la cima.Dentro del muro protector, protegidas por diosas lunares, a salvo bajo el manto del pavorreal y acompañadas de un corazón extra que llevan en las manos como un amuleto, las criaturas pueden contener su rabia y mostrarla sonriendo e incluso con rostros boticellianos, tranquilos y evadidos de la ira y el dolor, en gestos y expresiones que hacen más inquietantes la exploración en el yo herido.Pero, y aún con del torso espinado, muy a pesar de las pérdidas e incluso superando la inseguridad del viaje; este exhibicionismo del dolor -en el presente contenido e indirecto- no es más que
una provocación positiva, el recordatorio al acto de alimentar la raíz de la esperanza, el grito de guerra de tantas mujeres: ...mantente firme».
Silvia Llanes. Crítico de Arte.
Abril, 2005. Texto para catálogo. Exposición "Criaturas de Isla", abril de 2005, Consejo Nacional de las Artes Plásticas.

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Quinta jornada, Coloquio Internacional El cuerpo y sus discursos en la cultura de mujeres latinoamericanas y caribeñas.

Viernes, 24 de Febrero del 2006

La plasmación del cuerpo femenino en la pintura de mujeres, su representación nocomo paisaje hermoso y complaciente sino como cuerpo que piensa y expresa unlugar y una forma de estar en el mundo, fue uno de los ejes temáticos durante laquinta y última fecha de este decimotercero Coloquio Internacional convocado por el Programa de Estudios de la Mujer, que concluyó el viernes en la Casa de las Américas. María Grant, editora ejecutiva de la revista Opus Habana, publicación de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, expuso desde la óptica de una
entrevista periodística la experiencia de la pintora cubana Alicia de la Campa Pak, quien durante el último decenio ha hecho del cuerpo femenino el leitmotiv de una obra que, según las propias palabras de la artista, parte de imágenes de sí misma al trabajar con la cercanía de un espejo. "A partir de su cuerpo y de su carne, de los sucesos que suceden en torno a ella, va contando y analizando los avatares de la vida. Se trata de un cuerpo que se reinventa a sí mismo al ser pintado y usado como modo de expresión", precisó Grant al hablar de las creaciones de esta joven artista, que en su universo pictórico resemantiza el cuerpo femenino haciéndolo interactuar con otros elementos visuales y aborda también los temas de la identidad y la nación.

Luisa Campuzano.

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Cuando la mariposa se parece al llanto: Utopías, ilusiones, mundos paralelos

La obra de Alicia de la Campa se cimienta en alguna medida sobre la base de los recursos de la estética surrealista, entendida esta como la yuxtaposición o coexistencia de elementos pertenecientes a realidades dispares, incompatibles entre sí, sobre un espacio o escenario que a su vez les es ajeno. La iconografía desarrollada por la artista tiene un gran componente de espontaneidad, onirismo, fabulaciones.
Muchas de sus figuras parecen salidas del mundo del subconsciente, más que del estrato de la conciencia o el raciocinio. Son seres mixtos, mutantes, preñados de lirismo y desasosiego. Habitan la ambivalencia del placer y la angustia, la dicha y el desamparo, el ensueño y la vigilia. Féminas que padecen ilusiones distendidas, utopías no resueltas, empeños fatuos. Y en este sentido resulta primordial el tratamiento de las miradas, la insondable y enigmática expresividad de esos ojos apenados, afligidos, lánguidos. Ausentes. Apagados. Se trata de rostros que nos
desafían desde su frialdad, desde su desafecto. Fisonomías que transpiran hastío, tedio, ansiedad. Melancolía. Desarraigo. Pareciera que ellas quieren "volar" bien lejos, desaparecer, pero ya sabemos del costo que supuso para Ícaro su soberbia, su desmesura.
El propio título de la serie ("La ilusionista") alude a ese ambiente inaprehensible, místico, recreado por la artista. Atmósferas esotéricas, ilusorias, apócrifas. Cuasi mágicas. La mayor virtud de Alicia es sin duda el poderío y la fertilidad de su imaginación. Su facultad para engendrar espejismos, quimeras. Sus habilidades en la empresa de generar mundos paralelos, soterrados (pero no por ello descomprometidos del todo con nuestra realidad más cercana, con nuestros trances existenciales, socio-culturales).
Una de las piezas que ostentan mayor poesía visual dentro del conjunto es aquella titulada "Mariposas de lágrimas", en la que resulta reveladora la contraposición de sentido entre la simbología del insecto mariposa -de tintes positivos, lozanos, primaverales- y la connotación doliente del llanto, del lamento. De la lágrima. Estas mariposas despiertan escepticismo más que simpatía. Desamor antes que cordialidad. Vienen quizás a esparcir la desdicha, la desventura. El infortunio de esa joven que se maldice en silencio, y cuyo mutis deviene "alarido" de dolor, de resignación.
El hecho de que la creadora se ocupe mayormente de las figuras, sin prestarle mucha atención a los fondos, responde a ese afán de penetrar en la psicología de sus personajes, en sus interioridades más profundas. Pero hay otro elemento que resulta curioso, o más que curioso desestabilizador, y es el empleo de la gama cromática.
Cuando impera la desazón en el orden temático, para la cual hubiese sido más "idónea" (dirían algunos) una paleta fría, neutra, Alicia se vale en cambio de colores predominantemente cálidos, intensos, de apariencia festinada. Lo cual provoca una paradoja o contrasentido que le concede cierta insolencia a la representación, y que, desde luego, más que una falta se convierte en un valor agregado. En un indicador de calidad.

Píter Ortega Núñez, 2009. Texto para exhibición Fragmentos Utópicos, Galería Galiano, 2009.

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De ascensiones y descendimientos

Una mujer puede ir tras el espejo, fugarse en lo que él le dice. Si su reflejo es de agua: ¿acaso esa mujer es una isla? Participando de una identidad expandida en su cuerpo, Alicia de la Campa ha construido el perfil crítico de su discurso de género con una energía que no admite postergación. Cada segmento de su obra suma potencia, oleaje. Mucho vigor tiene su relato al referirnos los desencuentros del cuerpo y del espíritu. Alicia ha dibujado la trayectoria que trazan algunos: afán de poder, necesidad de sobrevivir, reclamo erótico, libre pensamiento. Un cuerpo metaforizado va y viene
con la nación.
Aprehender el discurso de Alicia exige remontarse a inicios de la década del noventa, momento en el que abandonaba el componente grotesco, para alcanzar una línea más natural en las figuras, aún cuando privilegiaba el trazo expresionista. Sus comentarios irónicos de entonces conformaron una suerte de alegorías que fueron recogidas por
medio del grabado. El planteo temático condensaba posturas acerca del poder, reflexión que incluía tanto a los escaladores, como a los dominados, incorporando acotaciones en torno a los límites éticos que son rebasados en pos de esa meta. Las escaleras dejaron de ser la fabulación de un personaje para convertirse ellas mismas en protagonistas, símbolos de tránsitos diversos y representación recurrente.
Las dualidades que Alicia consideró significativas fueron pasando a ser parte de su investigación, y en su contrapunteo se concentraría el comentario acerca de los vaivenes del contexto y su incidencia en el individuo. En Estrategia, una litografía de 1993, un agrupamiento de tocones es convertido en un bosque de rústicas escaleras.
El corte de todos los árboles, era el corte de la vida. Ese acabamiento insistía en la necesidad de detener el desenfreno humano, evitar con ello que un vacío estéril quede interpuesto entre cielo y tierra a consecuencia de las ambiciones de los hombres.
El humor es un recurso que se descubre a cada paso en las obras de Alicia. Es el resultado del una revisión irónica de la realidad. Mucho hay de ingenio en ese humor y nada de comicidad. De ahí su valor como herramienta en la reflexión crítica que la artista realiza con una intensión heurística. Diverso en sus matices y cultivado con una distinción muy personal, tendrá el tono que su sátira precisa en cada enfoque. Lacerante es la ironía con que se presentada la "divina comedia" de nuestros días, lo mismo cuando Alicia estaba recurriendo a la cita para instrumentar ciertas parábolas
en su exposición De acuerdo a la vida (1995), que al revisar instancias de lo identitario en Isla de Cuba pintoresca (1998), o en Abortando la utopía (2001), cuando su condición genérica, así como su propia figura, pasaron a ser asunto de angustiosas cavilaciones. El humor dibujó también el espíritu y la carne de esa "heroína" suya enfrentada a la precariedad doméstica en la serie: Mujer de su casa y en Super Hero I y II. Luego, pasaría a subvertir el género de las naturalezas muertas, tensándolo hasta acercarlo a una caricatura interesada en resumir un período de abundantes tensiones en la historia del país, como sucedió en la piezas expuestas en Criaturas de Isla(2005), en la que un grupo de  fantasías líricas -nacidas en iguales circunstancias- completaban la estrategia lúdica.
En estos tránsitos Alicia ha llevado al cuerpo (y en ocasiones la autorrepresentación) a encarar la identidad. El cuerpo femenino pasó por momentos a ser carne de la nación. Cuerpo definitivamente presto, según los requerimientos conceptuales, a innumerables metamorfosis. Desnudez alegorizada; utopía e historia, energía y vuelo, confinamiento y libertad.
La cabeza femenina pasó a ser imagen del mundo Su emplazamiento simbólico propone un enfoque renovado, múltiple y abierto. Una cosmogonía otra, reivindicación que no pide permiso para ser; lo mismo a la hora de cambiar ciertas metáforas, de ofrecer el testimonio de las diarias agonías que nos quitan el aliento, o en el momento
en que se transparenta una relación de intercambio con la literatura.
Así compuesto, el universo de Alicia creció entre el dibujo y la pintura. Los peces y el malecón pasaron a ser referencia frecuente en los últimos años, así como jóvenes con alas. Esboza con ellos mutaciones y naufragios, misterios y certidumbres, y un modo de pertenecer a esta isla. Algunas de las criaturas que están poblando las más recientes viñetas de Alicia de la Campa, estrenan sin embargo, una atmósfera barroca y una inextricable belleza. La artista avanza en un intercambio que es ahora con otras voces femeninas, más allá de tiempos y geografías, ya sea el lirismo de Dulce María Loynaz en Jardín, o los caminos abiertos por Delta de Venus de Anaïs Nin. De ese cruce provienen esos seres inquietantes con apariencia de madonas: Casi-autorretrato en el jardín de los frutos del bien y del mal, Metamorfosis en sepia y Selva de mi silencio. Para encontrar la esencia que en ellas ha sido bordada, será preciso descifrar cada ocultamiento.
Alicia suscribe desde lo femenino una introspección de aliento épico, evalúa emociones, sentimientos y problemáticas existenciales, y desde ahí nos ofrece sus juicios sobre la condición humana. Delicadeza y violencia, cuerpo y espíritu, historiasde ascensiones y descendimientos.
Caridad Blanco de la Cruz
Diciembre 21 y 2008

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Alicia de la Campa
UN ESPEJO PARA DESCIFRAR ENIGMAS

La trayectoria biográfica de Alicia de la Campa Pak está surcada de pinceladas que han consolidado en ella una formación con un particular tinte. En otras palabras, si tan ciertoes que todos y cada uno de nosotros somos nuestra biografía porque cada experiencia se decanta hacia nuestro ser, no menos cierto es que Alicia ha pasado con furor por la vida y ha extraído de ella una riqueza que se traslada -con una sencillez de gran peso- en
sus trabajos.
En el quehacer artístico de Alicia de la Campa (La Habana, 1966), formada en la Academia de San Alejandro y en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona, se advierte una fuerza y una franqueza poco comunes. Sus pinturas y dibujos son manifestaciones de una fertilidad que fluye con mucha intensidad en sus adentros.
Y, por tanto, no es una creadora de pasos cortos. Su mirada y su pensamiento se extienden lejos, y cuando los recoge, regresan repletos de estímulos y ecos nuevos.
Pocas personas, hoy día, se plantean metas grandes, pero ella es una de esas y esto se desborda en su obra. Su vida está intrínsecamente ligada a su trabajo artístico. Ambos constituyen la doble cara de la misma moneda: de una vida atada al compromiso de vivirla a fondo.
No caben dudas de que es un claro exponente de un grupo de artistas cubanos, que desde hace más de una década, han alcanzado prominencia internacional. Ellos muestran muchas de las otrora características del arte cubano: su obra es figurativa, conceptual, luminosamente colorida y trata directamente los problemas de la condición humana y, muy particularmente, los de la mujer.
Pero ante todo, pudiéramos decir que Alicia de la Campa es una pintora de la forma humana. Sea dentro de ambientes arquitectónicos, sea en la actuación de un ritual enigmático, rodeado de una foresta, frutas o en un lugar inventado, es la figura misma la que siempre surge como elemento dominante en sus obras, que ocurren, muchas de ellas, dentro de un espacio contenido. La arquitectura y la urdimbre, así como la relación de las figuras con ésta están planteadas con gran cuidado. Las proporciones son discretas y los movimientos sugeridos están medidos y son, a veces, casi ritualistas.
Además, invoca un elemento de intemporalidad en su arte y existen en los cuadros muy pocas claves visuales para el tiempo en el que la artista coloca la acción representada en sus lienzos y cartulinas. Sus personajes, a veces desnudos y otras con indumentarias sencillas, no dan ninguna indicación del momento cronológico preciso.
El trazo directo, lo sensual de las curvas, las texturas, las formas cerradas, pero al mismo tiempo generosas y amplias, constituyen, a primera vista los rasgos distintivos de su vocabulario. Los fondos trabajados con degradées y raspados, vienen a nuestro encuentro para acogernos e iniciarnos en una vivencia de lo originario. En su creación se observa la carga expresiva, directa y honesta de quien recupera una cosmovisión apegada a la tierra -a la mujer, a las vivencias humanas fundamentales, como el amor, el tiempo, la estirpe...
Sus cuadros son como visiones que sugieren una situación, no son obras narrativas. El ambiente y los personajes atienden a problemas reales, de la vida diaria, donde los hechos tienen intenciones simbólicas. Las caras de los personajes de Alicia de la Campa rara vez comunican una expresión específica. Prefieren mantener secretos sus
problemas, obligando al receptor a buscar, en su propia experiencia, las soluciones. Los sujetos son tan paradójicos como los espacios que habitan. Con muy pocas excepciones, la escenografía creada por la artista -que pueden ser paisajes, jardines, sitios surreales o no...-, existe sin una unidad específica. En su pintura, ella plantea el problema: es el
espectador quien debe descifrarlo.
Y entonces caemos en el decir de muchos investigadores que han comentado que las grandes obras de arte son más que objetos agradables estéticamente, más que demostraciones de habilidad humana. Pues, profundizan nuestro poder deintrospección y de análisis de los otros; agudizan la percepción de nuestra religión y otras creencias, expanden nuestra comprensión de formas de vida alternativas y a veces extrañas para nosotros. En fin que ayudan a explorar y entender la propia naturaleza...
TONI PIÑERA
Mayo 2010
Periodista, crítico de arte, curador, poeta y traductor.

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De La Campa Pak: Mujeres en el lienzo.

Texto para la exhibición "Cuba: Arte de lo Fantástico. LaCa Projects Gallery, Charlotte, Carolina del Norte.

Alicia de la Campa, artista cubana es ya una de las creadoras imprescindibles en el paisaje cultural de la isla. Si bien su manera de crear está unida sólidamente a la tradición y vanguardias cubanas, en una reciente entrevista para la revista Opus Habana ella ha expresado deudas con la cultura de sus padres: "Mucha de mi sensibilidad hacia maneras de hacer arte, por ejemplo, mi predilección por el grafismo, por el dibujo en general, tal vez el estudio compositivo dentro  del espacio a trabajar, responde a una estética, a una conexión con el arte de mis antepasados.
También grabadora e ilustradora activa para numerosas publicaciones culturales, De la Campa es una magnífica dibujante que prefiere el carboncillo, esta técnica y concepto lo aprendió durante su estancia en la Academia San Alejandro, localizada en la capital cubana desde el siglo XVIII. Alicia lo descubre en sus propias palabras: "Aún cuando en el cuadro ya finalizado destaquen la atmósfera colorística y soluciones plásticas indiscutiblemente pictóricas  -como las veladuras o los énfasis de la impronta por la mancha-, el eje central, su estructura intrínseca, descansa en el dibujo. Esa es la pieza maestra, mi herramienta imprescindible para comenzar".
A caballo sobre un dibujo preciosista, sugerente, Alicia da a luz numerosos lienzos donde representa mujeres, para las cuales frecuentemente usa su propio cuerpo como inspiración y modelo. Bajo el título general de "Habaneras", estos seres son máscaras de sí misma, de las preocupaciones y sueños propios de una cubana del siglo XXI. "Definitivamente -explica- las mujeres que pinto o dibujo son como mi alter ego, formas que habitan mis sueños, mi mundo interior; símbolos de la vida, la belleza, el conocimiento..."
La expresión autobiográfica de Alicia no es nueva en el arte cubano, es más bien una tónica compartida por otras creadoras como Magdalena Campos, Aimeé García, Marta María Pérez, Lidzie Alvisa, Sandra Ramos o Cirenaica Morera. Sin embargo, no encontraremos en sus lienzos una crónica evidente de la lucha cotidiana de las cubanas. Alicia recurre frecuentemente a escenas, poses, atuendos, o personajes extraídos del arte occidental, que encuentra en los libros de Historia del arte. De ahí que su pintura extienda puentes hacia la pintura europea del Barroco y el Rococó.
Sus mujeres son concebidas como diosas semidesnudas, ataviadas con complejos tocados donde se mezclan frutas, mariposas y aves, símbolos visuales que intentan compartir "un sentimiento que está por revelarse". Son figuras sugerentes y sensuales, muchas veces ensimismadas en pensamientos ocultos, cuya concepción las aleja de un feminismo programático o reivindicativo.
Las mujeres de Alicia, cuyo antecedente en el arte cubano remite a las serie de Floras, creadas por René Portocarrero, o las Habaneras concebidas por Servando Cabrera Moreno, existen en una dimensión casi mítica, suspendidas en el tiempo, diosas del mar o de las nubes, y en estrecha relación con peces diversos o artefactos de vuelo aéreo. A veces, como ella expresa, representan la ciudad de La Habana: "Estas habaneras, como las mujeres que transitan por nuestra ciudad, exhalan cierto poder de seducción, un encanto misterioso que va más allá de la superficie pintada de la tela. Algo muy mío se trasmuta en mis "habaneras"; pienso que de algún modo me autorrepresento porque, como ellas, soy una fiel amante de esta ciudad"
Lic. Abelardo Mena, Curador Museo Nacional de Bellas Artes, Cuba.